Más de 15 millones de horas lectivas se perdieron en Inglaterra y Gales durante la ola de calor de junio de 2026, según una nueva investigación que contabilizó al menos 760.000 alumnos afectados cuando más de 1.700 escuelas cerraron o redujeron su jornada. La estimación traduce una emergencia meteorológica en una medida educativa: los cierres directos representaron unos 5,9 millones de horas perdidas, mientras que el aumento del ausentismo en las escuelas que permanecieron abiertas supuso otros 9,5 millones.
Los hallazgos, publicados el viernes por el medio de investigación DeSmog, no constituyen un censo nacional oficial de asistencia. Combinan los cierres y las reducciones de horarios identificados con datos regionales de ausentismo, por lo que el total debe interpretarse como una estimación basada en modelos y no como un recuento administrativo preciso. Aun así, la magnitud coincide con informes de la época según los cuales unas 1.000 escuelas ya habían cerrado o modificado sus horarios durante el periodo más intenso, lo que indica que el calor extremo se está convirtiendo en una amenaza cuantificable para la continuidad de la enseñanza.
Cómo se contabilizó la interrupción
La investigación distingue dos mecanismos que a menudo se confunden. Algunos alumnos perdieron horas de clase porque los directivos escolares cerraron edificios o permitieron que los estudiantes salieran antes cuando las condiciones interiores se volvieron inseguras. Otros faltaron a escuelas que permanecieron abiertas, ya fuera porque sus familias decidieron dejarlos en casa o porque alguna enfermedad relacionada con el calor les impidió asistir. La distinción importa porque un cierre es visible y fácil de documentar, mientras que el ausentismo disperso puede ocasionar una pérdida de tiempo de aprendizaje mayor, pero menos evidente.
En los días más calurosos, las tasas de ausentismo llegaron, según los informes, a duplicar el promedio anual en partes del sur de Inglaterra y superaron el 36% en Gales. Un reporte de The Independent señaló que la temperatura en las aulas superó los 40 grados Celsius en algunos edificios y citó informes de estrés térmico, náuseas, desmayos y deshidratación entre alumnos y personal. Esos reportes explican por qué el total de cierres formales por sí solo subestima el efecto educativo.
El Departamento de Educación hizo una precisión importante. Indicó que nueve de cada 10 alumnos asistieron con normalidad donde las escuelas permanecieron abiertas y atribuyó al personal el mérito de mantener a los niños aprendiendo de manera segura. Esa respuesta no invalida la pérdida estimada, pero la sitúa en contexto: la mayoría de las escuelas continuó funcionando y la mayoría de los alumnos matriculados asistió. La interrupción fue concentrada, no generalizada, y la mayor carga recayó en determinados edificios, regiones y familias.
Edificios expuestos
Muchas escuelas británicas fueron diseñadas principalmente para retener el calor durante el clima frío, no para mantener seguras las aulas concurridas durante periodos prolongados de altas temperaturas. Un reportaje de Associated Press reveló que los edificios envejecidos, la ventilación limitada y las ventanas que solo se abren ligeramente hicieron que algunas aulas fueran prácticamente inutilizables. El aire acondicionado es poco común, mientras que la presencia de asbesto en muchas estructuras antiguas puede complicar las grandes modernizaciones de los sistemas mecánicos.
Las construcciones más recientes no son resilientes de manera automática. Un director de escuela de Londres dijo a AP que una parte de su plantel construida en 2017 se sobrecalentaba más que un edificio escolar de 1908 con techos altos y gruesos muros de ladrillo. La orientación del edificio, las superficies acristaladas, el aislamiento, la masa térmica, la sombra y la circulación del aire pueden ser tan importantes como la antigüedad. Eso hace que el desafío sea más complejo que sustituir las escuelas antiguas o comprar aparatos portátiles de aire acondicionado.
La actual guía gubernamental sobre ventilación recomienda monitorear el dióxido de carbono, la temperatura, la humedad y los contaminantes para identificar espacios con un desempeño deficiente. Presenta la ventilación natural, los sistemas mecánicos y los sensores ambientales como herramientas para gestionar las condiciones interiores. Sin embargo, durante episodios de calor intenso, la ventilación y la refrigeración pueden tener efectos contrapuestos: abrir las ventanas puede mejorar el intercambio de aire, pero dejar entrar aire exterior más caliente, mientras que cerrarlas puede conservar condiciones interiores más frescas, pero permitir que aumenten los niveles de dióxido de carbono.
Efectos sobre el aprendizaje
Las horas perdidas son una medida operativa, no una prueba directa de cuánto progreso académico dejaron de alcanzar los alumnos. Una jornada reducida no se traduce mecánicamente en una disminución proporcional de las calificaciones en los exámenes, y las escuelas pueden recuperar parte del contenido más adelante. Aun así, el calor puede perjudicar el aprendizaje antes de que cierre un edificio. Reuters citó una investigación que concluyó que reducir la temperatura del aula de 30 a 20 grados Celsius mejoraba el desempeño estudiantil en un 20%, mientras que docentes de toda Europa describieron fatiga y una menor concentración en aulas sobrecalentadas.
También es poco probable que los efectos se distribuyan de manera uniforme. Las familias con horarios laborales flexibles, internet confiable, un espacio tranquilo para estudiar y refrigeración eficaz en el hogar están mejor preparadas para afrontar una salida escolar imprevista. Los niños que dependen de la escuela para recibir alimentos, servicios de educación especial, apoyo psicológico o supervisión estructurada pueden perder más que horas de enseñanza. Sutton Trust advirtió que los cierres por calor podrían ampliar las brechas de rendimiento de manera similar a las interrupciones provocadas por la pandemia, sobre todo cuando las familias desfavorecidas carecen de recursos para el aprendizaje en casa o la refrigeración.
La protección de la salud sigue siendo la limitación inmediata. La guía oficial para escuelas recomienda hidratación, sombra, reducir el uso de equipos que generan calor y emplear ventiladores con cautela, pues estos podrían no prevenir enfermedades por encima de los 35 grados Celsius y pueden agravar la deshidratación. La guía enumera la confusión, las convulsiones, la pérdida del conocimiento y una temperatura corporal de al menos 40 grados como signos de golpe de calor que requieren medidas de emergencia. Por lo tanto, mantener abierta una escuela no es un éxito educativo si las condiciones interiores generan un riesgo médico inaceptable.
Opciones de adaptación
Las medidas a corto plazo pueden reducir la exposición: elementos exteriores para dar sombra, películas reflectantes, ventilación nocturna, ropa más ligera, ajustes de la actividad física y uso de espacios más frescos. Los árboles y las áreas con vegetación pueden disminuir con el tiempo la ganancia de calor solar y las temperaturas de las superficies. Programar los exámenes y las clases más exigentes a primeras horas del día puede preservar el desempeño durante periodos de calor pronosticados. Por lo general, estas intervenciones son menos costosas y consumen menos energía que refrigerar mecánicamente todas las aulas.
No serán suficientes en todas partes. Los asesores climáticos independientes de Reino Unido han proyectado que, sin adaptación, el número de días en que las temperaturas interiores alcanzan los 35 grados en miles de escuelas inglesas podría aumentar un 70% para 2050. AP informó que los asesores recomiendan recurrir primero a la refrigeración pasiva, pero prevén que el aire acondicionado será necesario en las escuelas, los hospitales y los centros de atención más vulnerables, preferentemente mediante sistemas de bajas emisiones de carbono, como bombas de calor reversibles.
Otros sistemas europeos ya están combinando distintos enfoques. Reuters informó que Barcelona destinó €100 millones de ingresos del impuesto turístico a refrigerar unas 170 escuelas para 2030, mientras Francia tenía en marcha 6.200 proyectos de adaptación escolar con €800 millones asignados. Los países del sur de Europa también adelantan el inicio de las vacaciones de verano y reducen las jornadas, pero los cambios en el calendario pueden trasladar a las familias los costos del cuidado infantil y la pérdida de ingresos. Cada opción redistribuye las cargas financieras, educativas y ambientales en lugar de eliminarlas.
Límites de financiamiento
Inglaterra ha puesto en marcha programas de inversión de capital de mayor escala, aunque su alcance y su impacto específico frente al calor siguen siendo inciertos. El programa de modernización de £710 millones del Departamento de Educación busca prolongar la vida útil de los edificios, reducir las reparaciones de emergencia y fortalecer la resiliencia climática. Su fase inicial se centra en escuelas seleccionadas de Yorkshire y Humber, las Midlands Orientales y el sudeste de Inglaterra, con posibles medidas como la sustitución de aulas modulares deterioradas, la instalación de paneles solares y la optimización de los controles de los edificios.
Un programa de reconstrucción separado incluye 524 proyectos y da prioridad a los edificios con mayores necesidades de reparación o graves riesgos de seguridad. Esas inversiones abordan un considerable rezago de mantenimiento, pero ninguno de los dos programas implica que todas las aulas vulnerables al calor vayan a modernizarse rápidamente. La selección basada en el estado estructural también puede excluir edificios que están en buenas condiciones, pero tienen un desempeño térmico deficiente.
Los presupuestos de las escuelas locales imponen otra limitación. Los directivos deben sopesar la refrigeración y la instalación de elementos de sombra frente a los techos con filtraciones, la dotación de personal, las obras de accesibilidad y otras necesidades urgentes. Las subvenciones de capital pueden financiar la compra de equipos, pero las escuelas también afrontan costos de mantenimiento, electricidad y reemplazo. Por ello, un plan de adaptación creíble requiere evaluaciones de cada edificio, financiamiento operativo y normas que impidan que las nuevas construcciones reproduzcan los problemas actuales.
Lo que sigue
La estimación de 15 millones de horas ofrece un punto de referencia útil, pero contar con datos administrativos más sólidos mejoraría las decisiones futuras. Los gobiernos podrían exigir informes estandarizados sobre cierres relacionados con el calor, salidas anticipadas, temperaturas en las aulas y ausentismo, y luego vincular esas mediciones con las características de los edificios y los niveles de privación de los vecindarios. Eso ayudaría a distinguir las decisiones administrativas aisladas de las fallas previsibles de infraestructura y a determinar dónde la inversión pública permite preservar la mayor cantidad de aprendizaje.
La evidencia ahora demuestra que el calor extremo puede interrumpir la educación a escala nacional incluso cuando la mayoría de las escuelas permanece abierta. Todavía no determina la pérdida académica exacta atribuible a una sola ola de calor ni demuestra que una estrategia específica de refrigeración sea óptima. La próxima prueba será determinar si los programas de inversión de capital, las normas de construcción y las directrices operativas reducen los cierres y el ausentismo durante episodios de calor comparables, en particular en las escuelas que atienden a los niños con menos capacidad para afrontar otra fuente de pérdida de aprendizaje.